“Por los menos setenta años tengo, y bien vividos, pero mi
alma y mi corazón, atrapados todavía en los resquicios de la juventud, se
preguntan…
¿Que diablos le sucedió al cuerpo?
Al mirarme en el espejo de plata, no reconozco a esa abuela coronada de pelos blancos que me
mira de vuelta…
¿Quien es esa que se burla de mi ?
La examino de cerca con la esperanza de encontrar en el
fondo del espejo a la niña con trenzas y rodillas encostradas que una vez fui,
a la joven que escapaba a los vergeles para hacer el amor a escondidas, a la
mujer madura y apasionada que dormía abrazada a Rodrigo.
Están allí, agazapadas, estoy segura, pero no logro vislumbrarlas. Ya no puedo hacer las
mismas cosas que antes, pero no es por falta de ánimo, que eso siempre me ha sobrado, sino por
traición del cuerpo. Me faltan fuerzas, me duelen las coyunturas, tengo
los huesos helados y la vista cansada y
borrosa.
Es extraño sentir que el cuerpo se acaba mientras la mente
sigue inventando proyectos”
Me llegó muy adentro este fragmento de “Inés del alma mía”.
No tengo todavía setenta años, pero a mis cuarenta y tantos, ya empiezo a
notar la “traición del cuerpo” esa
que menciona la
novela. Y no me refiero a las incipientes arrugas de expresión, a la flacidez, las ojeras o las
canas.
Perdí muchísima vista en los últimos años… es la famosa presbicia (natural a partir de
los 40 te dicen los médicos) la que se
ensañó conmigo, obligándome a usar los incómodos lentes.
Es esta traición del cuerpo la que me preocupa. La que poco
a poco nos va mermando facultades y
capacidades.
Físicamente tampoco me siento muy bien en estos días, y a
veces me pregunto cuánto tiempo más aguantará
la maquinaria de mi cuerpo el
ritmo vertiginoso que le impongo cada día… y sobre todo ¿No seremos nosotros quienes a lo largo de
nuestra vida lo traicionamos a él?
Porque hay que recordar que:
“El cuerpo humano no es más que una mera apariencia que esconde nuestra realidad”
Y así es como llego a la conclusión que sólo yo puedo y debo
cuidarme. Tenemos un sólo cuerpo y debe durarnos toda nuestra vida