Es fácil mirar hacia atrás y pensar en como deberíamos haber
hecho para que solo nos ocurrieran las cosas buenas.
Pero así no nos convertiríamos en nosotros mismos.
Somos lo que somos, porque el tiempo y las vivencias se
ocuparon de moldearnos, de hacernos como vasijas, llenos de lo bueno y lo malo.
Y maleables, siempre dispuestos a que una emoción más nos
llene.
Uno no necesita de grandes cosas, a veces una mirada
convertida en un guiño, un roce apenas rozado de unas manos debajo de la mesa,
ese llanto que te quita el aire, y esos mimos, en forma de palabras, que
alguien nos regala.
No necesito mucho más.
Pero aún soy vasija inacabada, me queda mucho espacio y
mucho barro que pulir.
