Los sueños
No es suficiente para vivir el llegar a una edad madura.
Maduro es quien ha experimentado cosas que pueden no estar necesariamente
relacionadas con la edad.
Todo en la vida es magia cuando entramos en la adolescencia.
Todos los sueños son posibles, todo es una fiesta y el cielo parece estar al
alcance de nuestras manos.
Creemos entonces que nuestro primer amor permanecerá para
siempre, que tendremos un buen
trabajo, que las personas con las que vivimos cada día
siempre serán sinceras y amables.
Y un día, la armonía se rompe y viene nuestro primer
obstáculo: perdemos nuestro gran amor, se hace la noche en nuestro paraíso
luminoso, descubrimos que tenemos que trabajar duro, y que la competencia es
despiadada.
Queremos avanzar, tenemos que crecer a todos lo niveles,
pero durante ese camino no todas las personas que nos encontramos son buenas, y
no necesariamente quieren nuestra felicidad.
Nuestros sueños se hacen pedazos y ganamos experiencia: nos
hacemos adultos, nos convertimos poco a poco en maduros. Y esto algunas veces
puede ser muy difícil de aceptar y también de afrontar. Este nuevo
descubrimiento puede ser muy doloroso para nosotros, para nuestro ser, para
nuestra vida.
Están los que se retiran, los que están cansados,
desilusionados y han renunciado al disfrutar. Un día dejaran de crecer,
renunciarán a rehacer un “algo”. Ya no creen en los sueños y en su poder
mágico. Envejecen prematuramente, se vuelven amargados. El mundo está lleno de
gente así.
Sin embargo, hay personas maduras que siguen soñando. Pero
sueños muy diferentes. De jóvenes soñamos con construir, con iniciar, con
ganar.
Después de un tiempo, soñamos con la reconstrucción, una y
otra vez, y una vez más, seguros que podemos recuperar cosas que quedaron
atrás, seguros que existen miles de cosas que aún queremos alcanzar.
Las personas maduras soñamos después de haber vivido,
después de habernos roto la cara unas cuantas veces; hubo decepciones, caímos
en trampas y después nos enfrentamos a la dura realidad: que todos los sueños
no se cumplen.
Pero sé que vale la pena soñar. Y sueño, y sueño
conscientemente cada día de mi vida.

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