Contrato ad referendum
Es muy frecuente escuchar la aseveración: “Cuando nos
casemos mi novio (o mi novia) va a cambiar”. Y el casamiento se realiza con el
contrato matrimonial ad referéndum de la transformación que el cónyuge va a
experimentar. Por supuesto los cambios aparecen, pero no son radicales, son
pequeños, resultados del diario convivir. Pero muchas veces no son lo que se
espera: el gran cambio, la mudanza total que haga al marido o a la mujer, el
ser ideal que se acomode a las expectativas del casado o casada. Cuando el juez
o el sacerdote plantea la pregunta: Acepta a ... por marido o esposa?, se habla
del que es en el momento del matrimonio, con sus defectos y virtudes. La
respuesta afirmativa, aunque de buena fe, es falsa si detrás está la esperanza
del gran cambio, o del cambio simplemente de lo que se considera una carencia o
un defecto. Los novios se conocen o creen conocerse pero, se “aceptan”? Se
aceptan a sabiendas del carácter de su pareja? Cada uno tiene una personalidad
y actúa en consecuencia con la misma. Nada es sorpresivo. Cada cual obra según
su saber, su manera de ver la vida. El sentimiento los une pero no borra su
biografía. Y se disimulan desencuentros en espera de la transformación que se
va a producir.
Enamorarse es poner en el otro todo lo que uno
precisa. Se dice que el amor es una necesidad y no por eso es menospreciable.
Por el contrario, es el sentimiento que nos hace dejar de ser solos, compartir,
tratar de formar con el otro una unidad. Pero no basta estar enamorado para
casarse. Es bueno que el casamiento se haga por amor o con amor, pero la
convivencia exige un esfuerzo que no todos están dispuestos a realizar. Casarse
es aceptar el cercenamiento de la libertad en beneficio de un deseo: compartir.
El precio de la libertad es la soledad y si se acepta no estar solo hay que
saber reconocer el trabajo de estar con el otro, diferente, personal y no
siempre un dechado de virtudes.
El matrimonio es un proyecto que se realiza día
a día.
El contrato matrimonial se renueva cada mañana,
y si no se renueva, aunque la pareja siga aparentemente unida, ya no lo está.
El cristal se ha quebrado y la rajadura, aunque imperceptible, existe. Por ella
se va perdiendo la vida.
El sentido posesivo (mi marido, mi mujer) no
resuelve los conflictos. Nadie le pertenece a nadie. Sólo se está junto al otro
por libre elección. O por lo menos así debería ser. Y la elección tiene que ser
clara, real, no nublada por sentimientos que confunden. No creo que en la
pareja haya que admitirlo todo, resignarse, aguantar, sino que hay que
plantearse la posibilidad del trabajo que significa convivir. Es hermoso vivir en
pareja, pero uno tiene que preguntarse si acepta las diferencias y tolera las
carencias. El temor a la soledad puede inducir a la unión, pero volvemos a la
premisa: estar acompañado es aceptar las limitaciones. Pero esas limitaciones
deben ser conocidas a priori y no a posteriori. Es cierto que nadie nació
sabiendo, y que en el diario vivir se aprende, pero si una carencia o si un
defecto es intolerable, no puede esperarse que el tiempo lo solucione todo.
Lo cotidiano puede transformarse en intolerable,
la secuencia de los días en un aburrimiento apabullante, y si no se hace el
esfuerzo de traer aire nuevo, la vida puede hacerse tan tediosa que el amor
desaparece.
El amor, o mejor la relación, siempre se
termina. Si se acaba es un hecho. Puede transformarse en otra forma de amor y
entonces no se termina, y la pareja puede continuar unida. Pero si se termina
hay que plantearse la difícil convivencia de dos seres que responden a aquello
de qué terrible soledad la de dos en compañía. Hay que hacer un nuevo planteo y
debe ser sincero y cabal. Uno tiene que admitir sus propios defectos, su
intolerancia, sus deseos no satisfechos y no esperar de los otros la solución
total de sus problemas. Se puede aguardar colaboración, ayuda, pero no todo; y
de la pareja, mayor comunicación, más empeño en encontrar las respuestas. Pero
si eso no existe hay que averiguar que está uno dispuesto a dar, a pesar de
todo.
La relación matrimonial no es un toma y daca:
“yo te doy a cambio de lo que me das”. Es un equilibrio permanente en el que no
hay balanza para medir lo que cada uno aporta, no hay un debe y un haber
escritos y controlables. Y uno tiene que medir lo que aporta sin sentirse el
gran dador y sin esperar la respuesta inmediata.
Si a pesar de los esfuerzos para vivir juntos
aparece el desamor, se debe plantear con claridad qué se está dispuesto a hacer
y plantearlo firmemente con el otro, con un honesto sentido del respeto, que
debe estar siempre presente. Si el compañero no responde a esa claridad, volver
a preguntarse con sinceridad qué se está preparado para hacer y no empezar con
la letanía de las lamentaciones y los reproches. Irse o quedarse, ser fiel o
infiel, admitir o no la realidad.
Es uno el que decide, es l valor de la propia
dignidad y es el amor que uno debe sentir por si mismo. No hay heroicidades o
maldades, hay la decisión personal de una conducta que, aunque difícil, es la
propia. La conducta individual debe ser asumida con claridad, sin falsas
esperanzas, con el valor de ser una persona. Y, tomada la decisión, aceptarla y
bregar para que ésta se realice.
No se está solo. No hay que temerle a la
soledad. Se está en el mundo. Los familiares, los amigos, los hijos están, y
están los otros, desconocidos hoy que pueden ser conocidos mañana.
Hombres y mujeres deben aprender desde niños a
ser solidarios, así la vida es más feliz. Y aprender el desvelo por el otro y
el cuidado por los otros. Y tener el valor de comprender al otro, de conocerlo
más y ser más benévolo con las carencias ajenas.
Hay que quererse pero no idolatrarse y hay que
quererse y querer con las imperfecciones que todos tenemos. Cada uno debe
tratar de estar satisfecho con lo que es. Cuando se está bien con uno mismo se
aceptan más los errores de los otros y se tiene el coraje de comprender y
realizar los proyectos a pesar de todo.
Todos deberíamos desde niños aprender a hacer de la
fraternidad no sólo una palabra. El matrimonio es una larga conversación, y en
él, el compañerismo y a la amistad deben ser pilares sólidos y permanentes. Y
si aprendiéramos a desterrar el odio, a acallar rencores, no por benevolencia
sino por amor, la comprensión reemplazaría al orgullo. El rencor no cura las
heridas y si la ira es patrimonio de los dioses, no lo somos.
Antes de aceptar el contrato con el “hasta que
la muerte nos separe” hay que plantearse seriamente qué fallas puede uno
admitir para siempre y cuáles son las que nos resultan intolerables.
Entonces, contrato ad referéndum, no. Contrato
en el hoy, para iniciar una vida en común que nos haga capaces de desarrollar
nuestras posibilidades, aunar fuerzas y tratar de ser dichosos.
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